Para saber interpretar la historia hay que tener, como el profeta, los ojos abiertos, los ojos perfectos, mirada creyente que transforma el sentido de los acontecimientos. Esta es la razón de la visión alentadora: “Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente; el agua fluye de sus cubos, y con el agua se multiplica su simiente”.
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