El Espíritu es soplo, aliento, viento, fuego… es vida. Es curioso que la fiesta de Pentecostés, pase como un domingo más, cuando es Él, del que decimos que mueve la Iglesia y la comunidad. Pero no sólo eso, ya estaba en la creación, es el que encarna a Jesús en el seno de María, el que le impulsa al desierto, el que le unge para predicar la buena nueva a los pobres, el que lo resucita, el defensor que nos deja, en definitiva el que hace posible nuestra nueva vida en Cristo. Es el que nos hace hijos adoptivos de Dios y nos hace gritar: “¡Abba! (Padre)”.
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