¿Cómo es posible que a pesar de las exhortaciones y las promesas de parte del Señor, rehusemos entregarnos a él del todo y sin reserva, que nos neguemos a renunciar a todas las cosas y a nuestra propia vida, conforme al evangelio (Lc 14,26) para amarle a él solo y a nada más que a él? Considera todo lo que fue hecho por nosotros: la gloria que se nos dio, las disposiciones en vista a la salvación hechas por el Señor desde los padres y los profetas, las promesas, las exhortaciones, la compasión del Maestro desde los orígenes. Al final mostró su inefable condescendencia para con nosotros al venir al mundo, conviviendo con nosotros y muriendo en una cruz para convertirnos y llevarnos a la vida. Y nosotros, mientras tanto, no abandonamos nuestra voluntad propia, nuestro amor al mundo, nuestras predisposiciones y nuestras malas costumbres, pareciéndonos a los hombres de poca fe o incluso sin fe alguna. Y no obstante ¡mira como, a pesar de todo, Dios se muestra lleno de bondad y misericordia. Nos protege y nos cuida invisiblemente! A pesar de nuestras faltas, no nos abandona a nuestra maldad y a las ilusiones del mundo. En su inmensa paciencia evita que perezcamos y observa, desde lejos, el momento en que volveremos a él.
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