Tienen una tarea angelical. Si debemos soportar algunas penas, debemos sufrir un poco, tengamos paciencia todavía por un tiempo. He aquí la finalidad de nuestra vida, su término, cuando seremos llevados por los santos ángeles y viviremos en la alegría por la eternidad, coherederos con todos los santos de los bienes que nos fueron prometidos (cf. Heb 11,9). (…) Por eso desde ahora aceptemos con paciencia lo que nos suceda, ya que recibiremos en intercambio una felicidad eterna. Recibirán la desventura quienes hacen el mal. El cielo nos ahorre el sufrimiento de escuchar: “Hijo mío, recuerda que ya has recibido tus bienes en vida, en cambio, el que recibió males en su vida, encuentra aquí su consuelo” y “entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo” (cf. 16,25-26). ¿No son terribles para oír y concebir esas sentencias divinas que separan al pecador del justo? La distancia, el abismo, la pérdida y la caída de quienes están en el pecado, los alejan del Señor nuestro Dios, tanto como el cielo está lejos de la tierra (cf. Is 55,9). Pero los que como ustedes desean ardientemente ser cada día sus amigos y servidores, entrarán con él en las moradas de la Jerusalén celeste (cf. Gal 4,25), la gran Ciudad, llena de maravillas inimaginables, a las que se suman una gloria sin límites y un poder eterno. Allí nos veremos unos a otros y nos conoceremos perfectamente. Yo lo creo: si cumplimos la voluntad de Dios, estaremos todos juntos en la alegría eterna. (…) ¡Puedan ustedes también conducirse de una manera angelical, sujetos del brazo de Dios que fortifica, con el ánimo dado por el Espíritu Santo que afirma, unidos a los santos ángeles, mártires y santos benditos de Dios que vienen en ayuda!
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